Nos fuimos tristes del sencillo y aburrido pueblo de Muang Mai un domingo de diciembre, después de unos días de “duchas” frías, tardes oscuras y comida de lo más sencilla e insípida (noodles con pollo, o pollo con noodles, por si queríamos variedad) que nos dejó un poco débiles. Igualmente, nos marchamos sin ninguna esperanza de recuperar los papeles ni –lo que era mucho más importante tras saber que tenía un procedimiento para salir del país y conseguir otro pasaporte en Bangkok- el portátil con todas las fotos del viaje. ¿Quién dijo copias de seguridad?

En dirección a Udomxai, el camino de arena era estrecho y complicado hasta que cruzamos el río Nam Ou a la altura de Muang Khua; a partir de ahí, carretera asfaltada sencilla. En el primer tramo nos cruzamos con un feliz y sudoroso irlandés que llevaba pedaleando y sufriendo con su bicicleta desde ya hacía casi un año, cuando salió de Dublín, supongo que con algunos kilos más; bonita travesía, ¡pero qué dura!


Y es que alguien se estaba conectando a Internet con nuestro portátil, ya que la cuenta de Skype de José Ángel estaba online. Evidentemente, no respondía a nuestras llamadas, pero le enviamos mensajes por el chat –en inglés y en vietnamita, ya que teníamos el convencimiento de que el ordenador podía haber pasado la frontera de vuelta a Vietnam- ofreciéndole 300 USD si recuperábamos todo. “Curiosamente”, a la mañana siguiente, nos llamó Holger contándonos que la policía le había llamado para decirle que había una persona en un pueblo perdido (a un día andando de Muang Mai – decían que ni siquiera se podía ir en moto) que tenía un amigo (en otro pueblo aún más lejos) que tenía nuestra bolsa. Y que hasta el viernes siguiente (era martes) la bolsa no podría ser recogida en el primer pueblo. Todo parecía muy extraño, pero se iría aclarando…

En las conversaciones de ida y vuelta de Holger con nosotros y de él con el tipo que tenía el amigo que tenía el portátil, pronto salta que quieren dinero por la bolsa, como bien nos imaginábamos nosotros (si no, ¿por qué no apareció en los primeros días y sólo cuando les ofrecimos un “rescate” por Skype?). Holger se indignó, pero así es la vida: “la suerte no es más que la habilidad de aprovechar las ocasiones favorables”, y nosotros teníamos una opción de recuperar todo y estaba claro que íbamos a pagar por conseguirlo. Y el gañán lo sabía.
Así pues, tras aclarar los términos del intercambio (que finalmente no se haría en ese pueblo, que creemos se inventaron al principio) y fijar el rescate en 300 USD (estaba claro), nos chupamos los 300 km hasta nuestra “querida” Muang Mai para reunirnos con uno de los colaboradores de Holger (él estaba fuera por viaje de trabajo, que enlazaría en Viantiane con sus vacaciones), que nos acompañaría a reunirnos con los gañanes que, ya estaba confirmado, tenían el portátil y el pasaporte.

Eso sí, como teníamos tiempo suficiente para hacer el camino de vuelta, decidimos cambiar la ruta e ir por Nong Khiaw (sólo 50 km más por añadir a la ruta), también junto al río Nam Ou, y desde luego uno de los parajes más bonitos que pudimos ver en Laos. Desde allí recorrimos estrechas veredas por las montañas que flanquean el río, por las que le sacamos todo el partido a nuestras motos tragabaches, que se despertaban robustas por la mañana pero que terminaban delicadas cada atardecer; lo mismo que las heridas en mis manos, que aún no habían cicatrizado bien y me dieron guerra hasta que finalizamos la ruta motera.
También parecía que podría ser una guerra el momento de la recogida del portátil. Ellos querían hacerlo el viernes por la mañana (la bolsa en teoría llegaría el jueves por la noche a un pueblo junto a la frontera con Vietnam donde vivían los gañanes) y a nosotros también nos parecía más apropiado hacerlo de día. Sin embargo, finalmente decidimos hacer el intercambio la noche anterior a lo inicialmente previsto porque al día siguiente cogeríamos una barca hacia Nong Khiaw que salía diariamente a las 9 de Muang Khua.
El trayecto de hora y media en jeep por la noche con la gente de la ONG nos pareció más difícil y largo de lo que pensábamos, y, la verdad, llegamos intranquilos al intercambio en la casa del jefe del pueblo que al parecer era quien había llamado a la policía. Vimos rápidamente que todos los que estaban metidos eran unos espabilados, acostumbrados a estas cosas al estar en una zona fronteriza, y de hecho nos dolió en el alma darle la pasta a estos caraduras que, por cierto, pensamos que estaban compinchados con los guardas fronterizos (todo lo que había en la mochila estaba clasificado y plastificado como si estuviese hecho por la policía).
El caso es que al margen de toda la incertidumbre de la semana y la tensión del momento, lo importante es que la suerte estuvo una vez más de nuestro lado y, previo pago del “rescate” acordado, hicimos el camino de vuelta a Muang Mai felizmente provistos de mi querida mochila, con el portátil, “los papeles de Laos” y prácticamente todo lo demás (el dinero no, claro).
Y es que, para estas cosas, “más vale una cuchara de suerte que una olla de sabiduría”, y yo, que por muchas razones soy un tipo con suerte, una vez más me fui bien servido.
