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miércoles, 3 de febrero de 2010

El final de una vivencia inolvidable

La recuperación del portátil (del que rápidamente hicimos copias de seguridad) y el pasaporte marcó el comienzo de una nueva etapa en el viaje con las motos en Laos. Nos marchamos tan rápido de Muang Mai que aún no había amanecido cuando cruzábamos –Mat sin luces-, la pasarela (llamarla puente sería grave ofensa para la ingeniería de caminos) que marcaba el límite de nuestro denostado pueblo.

Llegamos raudos a Muang Khua justo cuando la aguja chica del reloj pasaba las siete del alba, la hora en que en teoría cerraban la carretera para continuar con sus perpetuas obras civiles. Y un par de horas más tarde, tras copioso desayuno a base de tortilla y tostadas (lujazo), acomodábamos, no sin apuros, las motos en la barcaza que surcaría el río Nam Ou en una bonita travesía de cuatro horas hasta Nong Khiaw. Una vez allí, subir las pesadas jacas desde la orilla del río por los empinados escalones que trepaban hasta el pueblo en sí requiso el concurso de cuatro forzudos locales, generosamente condimentados para el desafío, como es menester.


Continuamos ese mismo día hasta Vieng Kham, en una larga, intensa y sufrida jornada que no pudo rematarse con una ducha caliente, por falta de ella en todas las fondas de la villa, que con diligencia nos la recorrimos con ansias de alguna postrera concesión para nuestro abatimiento.

Los 140 km del siguiente día nos llevarían hasta Luang Prabang, a través de un bonito y abrupto camino de arena y piedras cuyas empinadas cuestas parecían a veces demasiado para nuestras queridas monturas, que hubieron de sacar toda su casta y su pundonor; y aún con ellos y con el nuestro, tuvimos que subirlas al paso, con una ración de cariño y dos de sentidos sudores en algún punto. Como ración manducatoria del día, en Pak Xeng volvimos a matar el hambre con el típico arroz “apelmazado” (traducción libre del sticky rice), que comíamos con las manos –siguiendo la costumbre local- para untar bien un sabroso aderezo, bien sangre cruda de pato o pollo. Al echarlo al gaznate con más frecuencia que nuestras visitas al mecánico, pues el arroz pasa del tiempo pasivo al activo en lo del apelmazamiento.


Y de lo más curioso de ese día fue poder observar y participar en lo que a primera vista nos parecía una romería a la laosiana y resultó ser la celebración, a su manera y por adelantado, del nuevo año por parte de la minoría étnica Hmong (que posee un pasado anticomunista, el cual en Laos aún les pasa factura y les hizo refugiarse en otros países). Todos ataviados con sus trajes tradicionales y tirándose unas bolas unos a otros sin parar durante varios días… ¡Muy colorida y entretenida Villa Hmong!

En Luang Prabang esta vez no nos entretuvimos mucho y sólo visitamos las cataratas de Tad Sae, que si bien no eran las más grandes y famosas de la zona, sí que quedaban más a mano en nuestra ruta rumbo al sur, hacia la amistosa ciudad de Vang Vieng. Digo amistosa porque en la mayoría de los restaurantes y locales de esta juvenil población centrada en el turismo de parranda mochilera están continuamente poniendo capítulos de “Friends” en la tele, lo cual me dio mucho alegría y nos ayudó a pasar un par de días de descanso y recuperación de achaques varios mal curados. Por estos males y algo de desventura, una vez más, como en Sipadán, nos quedamos sin hacer la actividad estrella del lugar, que en el caso de Vang Vieng es el tubing. Consiste en tirarte río abajo en un neumático gigante, haciendo oportunas paradas en chiringos montados al efecto, para saborear la cerveza y brebajes locales, y acabar, como mínimo, con una hermosa tajada a lo guirufo, complementada tal vez con alguna lesión por comportamiento temerario en las lianas, tirolinas y otros artilugios que proliferan en las orillas.

Y ya para finalizar la grandiosa experiencia de recorrer Vietnam y Laos en motocicleta, llegaríamos, a través de un puerto de montaña, a Viantiane, la modesta y anodina capital del otrora protectorado francés, que por cierto ostenta el triste record de ser el país que más bombardeado del mundo, por obra y gracia de Estados Unidos. En ella dejamos transcurrir unos días tratando de vender nuestros rucios, sin mucho más que hacer que pasear con ellos a lo largo del Mekong (que yo miraba ya más aborrecido que admirado).

En Nochebuena cenamos de lujo en un restaurante francés, en lo que resultó ser el mejor banquete de todo el viaje, hasta la fecha. Y la noche de Navidad, estuvo además más que entretenida, ya que nos encontramos con Marcos, un crack tarifeño con el que ya habíamos coincidido en un par de sitios en Laos, y con quien lo pasamos pipa esa noche y unas cuantas más, ya que continuaríamos juntos hasta después de la Nochevieja en Tailandia.


Respecto a las motos, las acabamos malvendiendo a un espabilado (Remote Asia Travel) que nos la jugó con el precio (rebajó a última hora su oferta inicial) al ver que no había otros potenciales compradores en esas fechas navideñas, en las que nadie comenzaría un viaje con ellas hasta después de comenzado el nuevo año. Pero claro, nosotros no íbamos a esperar una semana más allí…

Así es que de esta guisa, y con muchas historias de motocicletas ya contadas, sólo me queda en este post decirte, Babushka, que te echaré mucho de menos. A la vuelta del viaje, ya en Madrid, buscaré una prima lejana tuya, molona y robusta, que ronronee entre mis piernas para disfrutar juntos –y sin visitas a los doctores del motor-, de nuevas aventuras en la carretera.

15 - Laos

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domingo, 17 de enero de 2010

Los papeles de Laos - la pérdida

El gran día había llegado. Por fin íbamos a intentar, saliendo de Dien Bien Phu, cruzar el paso fronterizo de Tay Trang para adentrarnos en Laos, un nuevo país del que apenas teníamos alguna referencia (sabíamos que las carreteras iban a ser peores, pero no hasta qué punto) y un par de mapas que nos bajamos de Internet y que resultarían providenciales.

Pero antes, había que llegar hasta allí. Y el comienzo de la jornada no pudo ser menos esperanzador, ya que un pinchazo en la rueda delantera de Babushka a apenas 15 km de la frontera nos retrasaría un par de horas que luego echaríamos en falta. Al menos tuvimos la fortuna de que nos ayudaron a cambiar el neumático, pero el freno delantero no quedó nada ajustado y tuvimos que buscar un mecánico antes de continuar.

De vuelta a la ruta, lo más positivo fue que pasamos ambas fronteras sin ningún problema. En Vietnam nos dejaron salir (tras larga espera) y en Laos nos dejaron entrar, dándonos en ambos casos todos los papeles necesarios para nosotros y para las motos, previo pago de los impuestos revolucionarios pertinentes.

Eso sí, apenas cruzamos la frontera, la carretera cambió radicalmente –no así el paisaje, que seguía siendo igualmente bonito, entre montañas densamente pobladas de variada vegetación, y, diría yo, despobladas de personas- y pasó a ser un estrecho y bacheado camino de arena y piedras. Así pues, tras terminar los papeleos a las dos de la tarde y estimar el difícil trayecto por delante, nuestro destino objetivo para ese día pasó a ser el primer pueblo grande tras la frontera: Muang Mai, a sólo 35 km de donde nos encontrábamos.

¡Pero qué 35 km! Nos dijeron que tardaríamos dos horas en llegar, dado el mal estado de la “carretera”. Lo que no nos dijeron era que los laosianos tienen cierto estilo machadiano y “hacen camino al andar”, literalmente. Nada más empezar, nos tuvieron casi dos horas parados para que un par de potentes excavadoras abriesen 300 metros de camino apartando árboles y piedras.


Cuando nos dejaron el hueco justo para pasar, continuamos, ahora con la preocupación de dónde se nos haría de noche (muy pronto, ya que anochecía a las cinco y media) y si podríamos llegar a Muang Mai, ahora que la moto de Mat tenía averiadas las luces. “¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?” –
pensé, machadiano. Pues bien, llegamos ya de noche, felices y sonrientes, sanos y salvos, y ciertamente reventados después de un largo día, sólo soñando con una ducha caliente que nos templase el cuerpo y las ideas.

Desafortunadamente, el único hotel de la “ciudad” (¿1000 ha
bitantes tal vez?) estaba completo y acabamos en una pensión sin agua caliente ni electricidad (al parecer el generador del distrito llevaba estropeado un par de meses, y lo estaría al parecer alguno más, y sólo los establecimientos con generador propio tenían electricidad).


Para colmo de desgracias, me di cuenta de que la mochila donde llevaba el portátil, mi pasaporte, todos los papeles, las tarjetas de crédito, algo de dinero, el MP3 y varias cosas menores, no estaba atada a la moto donde debería. Se debía de haber caído con los baches del camino. Así es que, una nueva odisea comenzaba esa noche.


La fortuna nos sonrió de nuevo (porque nos lo merecemos)
y conocimos a Holger, un activista alemán –posiblemente el único occidental en toda la provincia- que lleva más de 25 años trabajando en Laos en diversas ONGs (ahora en DWHH/GAA) y que nos ayudó desde el momento en el que le conocimos. Esa noche recorrimos el camino de vuelta con su coche en busca de la mochila con “los papeles de Laos”, pero no hubo suerte.

Al día siguiente, Holger puso a nuestra disposición todo su personal y recursos, y preparamos unas hojas informativas (en inglés y laosiano) que repartimos por los poblados cercanos (me recorrí la zona con la moto con uno de sus colabor
adores) para ofrecer 100 USD (una fortuna por allí) a quien nos entregase la mochila de vuelta con todo su contenido. En los tres días que nos quedamos por esta zona, no hubo ningún guiño del azar en este sentido y ni nuestras gestiones ni las de la policía dieron frutos. Los controles policiales cerca de la frontera no sirvieron de nada y lo único con lo que nos iríamos de Muang Mai sería con el informe policial que necesitaría para tramitar el salvoconducto de la Embajada Alemana (España no tiene Embajada en Laos; la más cercana está en Bangkok) que me sacaría del país, tras algún papeleo adicional.

Pero al cerrarse una puerta siempre se abre una ventana, y como experiencia más que enriquecedora, el sábado (llegamos un jueves y nos quedamos hasta el domingo en Muang Mai) Holger nos llevó en su jeep con él y uno de sus
compañeros laosianos a un poblado cercano con el que habían comenzado a colaborar en uno de sus proyectos de ayuda al desarrollo. El poblado tenía que decidir hasta qué punto podía poner recursos (en forma de mano de obra) para los proyectos que la ONG, en su último año de trabajo en la zona, les ofrecía (en forma de fondos para la compra de material, y de asesoría técnica y organizativa), y que consistían básicamente en sistemas de abastecimiento de agua y de irrigación para los cultivos. La asamblea estuvo más que entretenida (y eso que no entendíamos nada) y los representantes de todas las familias se pusieron de acuerdo en la priorización y organización de las tareas para sacarle el máximo partido a este proyecto, que tendrán que sacar adelante antes de terminar la estación seca, compaginándolo con el resto de sus tareas, fundamentalmente agrícolas (tranquilas en esta época).


Una vez finalizada la asamblea, el jefe del poblado nos invitó, junto con su familia y amigos y asesores cercanos, a una comida en su casa, en la que la semilla de la camaradería y la diversión rápidamente germinó al ser regada con buenos pelotazos de un whisky de arroz muy guerrero, del que iba
n cayendo una botella tras otra. Terminamos ciegos como piojos fumando de una larga pipa de bambú que el anciano padre del jefe del pueblo no dejaba de recargar (¿tabaco, tal vez?) para gozo de nuestro maltrecho espíritu viajero.


Estaba sin papeles en Laos, sin portátil ni fotos del viaje, sin tarjetas de crédito ni carnet de conducir ni pasaporte, pero ese día con Holger en un poblado perdido de Laos lo recordaré siempre como uno de los mejores del viaje. Fue una inyección opiácea de ilusión, y su efecto se mantendría como la tenue luz que iluminaría los días venideros, en los que, camino de Muang Khua y Udomxai, nuestra moral estaba por los suelos.
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miércoles, 13 de enero de 2010

Una sorpresa tras cada curva

La tercera jornada del viaje motero por Vietnam fue aún mejor que la anterior, ya que la carretera subía aún más entre las montañas, en cuyas cimas una espesa niebla cubría el parcialmente el valle, convirtiendo el panorama, a la caída de la tarde, en un espectáculo sobrecogedor. Eso sí, con tanta subida y bajada, comenzamos a vislumbrar las limitaciones mecánicas de Babushka y la innombrable montura de Valentino, que ese día comenzó su interminable y sufrida guerra con el embrague y la caja de cambios.


No llegamos a nuestro objetivo de Mù Căng Chải , ya que se nos hizo de noche parando y haciendo fotos en nuestro feliz ensimismamiento paisajístico. Nos quedamos a sólo 20 km en un pueblecito donde, al preguntar por un restaurante (evidentemente, no había ninguno como tal) nos invitaron a cenar (y a unos tragos de su whisky de arroz) un grupo de paisanos muy majos.


Después de tres días sin descanso de moto y con los primeros dolores de culo y espalda, decidimos tomarnos un día de relax en Mù Căng Chải, que sin duda la zona lo merecía. Hicimos un trekking improvisado junto al río y seguimos con nuestro safari fotográfico entre montañas y arrozales.

Además, rendimos visita obligada a un mecánico del pueblo, que desmontó la caja de cambios de la moto de Mat (nos sorprendió que fuese capaz de poner todas las piezas de nuevo en su sitio), ajustó los embragues y frenos de ambas motos, a las que pusimos retrovisores derechos, y ajustó tuercas aquí y allá (manillar incluido) en la maltrecha Babushka.


Ni que decir tiene que, una vez fuera de Hanoi, encontrar a alguien que hablase inglés era toda una novedad, así es que no hacíamos más que tirar de nuestra guía de conversación en vietnamita de Lonely Planet para confirmar la dirección correcta y el resto de tareas de supervivencia (comer, beber y dormir, además de arreglar las motos).

El quinto día también se presentaba largo (aunque ya se sabe que no hay quinto malo): teníamos que llegar hasta Tuan Giao, vía Nghia Lo (en la carretera 32) y Muong Kim (en la 279). No sabría decir cuántos kilómetros son exactamente (entre 200 y 250), ya que las Minsk no tienen cuentakilómetros. Bueno, por no tener, tampoco tienen cuentarrevoluciones ni indicador de marcha, y se arrancan sin necesidad de llave (compramos unos candados, aunque para arrancarlas lo importante es conocerlas, por lo que difícilmente se van con extraños).


Bueno, el caso es que también nos quedamos muy cerca, pero no llegamos. Sin embargo, el viaje era de lo más entretenido para la conducción, a la par que azaroso: ríos por cruzar en barca, carretera cortada a tramos (al final incluso con piedras y árboles en ella que teníamos que esquivar), pequeños puentes de madera para atravesar algún río y una carretera que, de vez en cuando, se convertía en caminos de arena y piedra (que en Laos encontraríamos tan comunes).

Además, hicimos algunos kilómetros de más al perdernos en el cruce de Than Uyên y, un poco más adelante, le dio un calentón a la moto de Mat (que ese día llevaba yo) y me quedé tirado en una cuesta, sin cobertura de móvil (ni vietnamita ni español), y sin recibir ayuda local (directamente pasaban) durante la escasa media hora que tardó la moto en querer arrancar de nuevo para llegar hasta el siguiente punto con cobertura donde pude hablar con José Ángel, que iba un poco más adelante, y proseguir cautelosamente hasta donde fue posible antes de que anocheciese.

El día siguiente, un par de horas de conducción muy sencillita hasta Dien Bien Phu, ciudad a sólo 35 km de la frontera con Laos, famosa por una cruenta batalla en la que los vietnamitas dieron buena cuenta de los franceses en la guerra de Indochina a base de paciencia y conocimiento del terreno.

De todas formas, al margen de guerras y batallas, de amor y de odio con nuestras motos, como dicen los brasileños y me decía mi amigo Joseph (ya casi brasileiro también), todo esto “faz parte”, y el encanto de la historia está en todas estas sorpresas que nos depararían tanto las motos como el propio camino durante nuestra travesía por Vietnam y Laos. En el siguiente post (¿otra vez me he pasado de largo?), más sorpresas en el cruce de la frontera con Laos.
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Viaje en moto por el norte de Vietnam – El comienzo

¡Gran decisión la de comprar las motos! Fueron dos intensos días en Hanoi probando motos (al principio no sabíamos ni arrancarlas), sopesando si alquilar o comprar, verificando los procedimientos y papeleos para pasar con las motos a Laos (nos rajamos de primeras, por complicado el papeleo, en continuar con ellas hasta Tailandia) y, cómo no, tomándonos unas copitas algún día y cenando unos dumplings buenísimos en un puesto / restaurante (tenían las dos versiones) del que nos hicimos asiduos.

Probamos unas motos chinas –dentro de nuestro rango de precios (lo más barato posible)- en el mercado de motos local que quizás nos hubiéramos llevado, desde nuestro profundo desconocimiento de la mecánica, de no ser por la ayuda de un tío majísimo que nos asesoró en el mercado (además de ser el único que hablaba inglés por allí) y nos dijo, sólo escuchando el motor, que una de ellas no tiraría ni 200 km.


Al final, nos decantamos por el misticismo de las Minsk, motos bielorrusas de los 90, de 123 c.c., que, además de ser bien molonas, eran una garantía de robustez a largo plazo, y, digámoslo también –porque lo sabíamos-, de problemas mecánicos a corto. Ni el mini-curso de mecánica que nos dieron en el taller donde las compramos –por 400 USD cada una, un poco por encima del mejor precio posible-, ni el manual de las Minsk que nos bajamos de Internet y que habrá acompañado a los muchos viajeros que recorren Vietnam con este tipo de motos, iban a cambiar eso, así es que lo mejor era ponernos carretera y manta cuanto antes para seguir la ruta que habíamos preparado por el norte de Vietnam.

El primer día (5 de diciembre, cómo pasa el tiempo) fue complicado, por supuesto. Por la mañana, la moto de Mat no arrancaba y tuvimos que ir al taller a que ajustaran alguna cosita (por entonces no sabíamos muy bien qué tocaban). Las gestiones para mandar las mochilas a Viantiane (en Laos), donde terminaríamos el viaje, nos llevaron más tiempo de lo esperado. Y el caótico tráfico de Hanoi, unido a nuestro escaso virtuosismo en el dominio de estas pesadas motos y a no saber exactamente cómo tomar la “Autopista” 6 hacia la que nos dirigíamos, tampoco ponía las cosas fáciles. Finalmente, ese día sólo pudimos hacer 80 km hasta Hoa Binh, pero ya vimos lo mucho que íbamos a disfrutar esta historia. También dimos de beber a nuestras sedientas potras motorizadas por primera vez, mezclando, cada vez, entre un 3 y 5 % de aceite con gasolina convencional, hasta los aproximadamente 11 litros que puede almacenar su depósito.


Nuestra segunda etapa fue muy diferente. Cogimos la confianza necesaria en nuestras cabalgaduras y disfrutamos una barbaridad de los espectaculares paisajes con los que nos encontrábamos tras cada curva de la carretera, que serpenteaba entre las montañas. Los bancales de arroz, apostados de formas inverosímiles en cualquier ladera, verdeaban tímidamente en esta zona en la que se asientan algunas de las minorías étnicas vietnamitas, tan coloridas en su indumentaria tradicional y tan diferentes de carácter (más alegres, menos pícaros y más sanotes) a los vietnamitas de ciudad.


Pasamos por Mai Châu, nos desviamos ligeramente hasta Môc Châu, y tras dirigirnos al este por la menos transitada carretera 43, cruzamos un río en una barcaza para, tras algo más de 210 km, terminar nuestro día en Phù Yên. Como nota negativa (o positiva, visto el resultado) de la jornada, en una curva con gravilla mordí el polvo y, aunque no me hice nada serio (ni la moto tampoco), me di un buen susto que sólo me dejará algunos pequeños recuerdos en las manos. A partir de entonces, dejé que fuese mi compañero Valentino quien apurase las frenadas para convertirse en el terror de la A6, siempre que la moto se lo permitiera…


En Phù Yên, sábado por la noche, parecía que no habría mucho que hacer, pero, tras una cena vietnamita regular y unas cervezas acompañadas de caracoles, acabamos en un local de karaoke (en Asia no son como los nuestros, ya sabéis…), junto con unos locales que habíamos conocido, dando un lamentable espectáculo musical, que sólo mejorábamos tras cada copa.


Por cierto, infraestimamos la concentración de cajeros automáticos en el norte de Vietnam y nos encontrábamos sin un dong y sin perspectiva de poder sacar pronto, así es que tiramos de fondo de emergencia y cambiamos en una joyería, a tipo de cambio para guiris, 140 euritos para ir tirando. Y así, anda que anda, íbamos tirando en nuestro viaje, que os seguiré contando en el siguiente post (que llegará más pronto que tarde, no como éste) y cuya ruta detallada dejo a continuación.


Ver Extremundo - vuelta al mundo en un mapa más grande
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domingo, 3 de enero de 2010

Destinos turísticos del Norte de Vietnam

Es Hanoi una ciudad que parece llevar una marcha más que Saigón, con mucho ritmo y bullicio en los callejones del centro histórico, el lugar donde los expatriados se siguen reuniendo a comer, a beber y a disfrutar de todos los vicios y placeres mundanos, tal y como ya hacían durante las guerras de Indochina y de Vietnam, en las que los vietnamitas se despacharon a los franceses y americanos respectivamente. A su alrededor, un enjambre de motos a todas horas recorre sin pausa las avenidas, calles y pasajes de lo que sin duda es el centro neurálgico del norte de Vietnam.

En el camino desde el aeropuerto (cogimos un vuelo desde Nha Trang) hacia nuestra céntrica zona de alojamiento, nuestro amigo Cory, a quien ya hacía semanas que no veíamos, nos llamó y nos sorprendió con su última aventura: había estado 6 días recorriendo el norte de Vietnam con una moto de alquiler (una Honda offroad). Según él, una pasada. Así es que ya teníamos en lo que pensar: ante nosotros estaba la posibilidad de meterle un poquito de aventura y emoción a un viaje que, en bastantes ocasiones, no hacía más que seguir las rutas de miles de otros mochileros o turistas. Y nosotros, que siempre tenemos en la cabeza la palabra especial como nexo de unión de los diferentes destinos y experiencias durante del viaje, estábamos más que preparados para ello.

Mientras lo madurábamos (yo creo que la decisión estaba tomada de primeras, sólo faltaba cómo materializarlo), aprovechamos para visitar varios destinos muy interesantes. Nos desplazamos en primer lugar a Ninh Binh, para, desde allí, con unas motos que alquilamos (la primera vez que conducíamos scooters de marchas, tras los automáticos de Bali), visitar, en el mismo día, el entorno natural de Tam Coc y unas pocas ruinas decrépitas y sin interés que corresponden a la antigua capital, llamada Hoa Lu.

El paisaje alrededor de Tam Coc es desde luego espectacular, y recorrerlo en moto a tu ritmo lo magnifica. Las formaciones de karsts (pináculos de piedra caliza) que se elevan sobre el valle recorrido por un pequeño río –que atraviesa las montañas a través de pequeñas cuevas- impresionan desde cualquier punto de vista; en especial desde un par de bonitos parajes, más altos que el resto del entorno, y en los que se sitúan –cómo no- sendos templos budistas. En Vietnam publicitan esta zona como Bahía de Halong en el interior, y yo diría que sí que lo es, aunque, por suerte, mucho menos masificada. No he estado nunca en Guilin, pero me lo imagino similar, con el agravante de la multitud de chinos que lo visitan en todas las temporadas, en este boom turístico particular que está experimentado el gigante asiático, cuyos codiciosos y maleducados habitantes se ganan cada día más mi cariño y aprecio (sin acritud, que conozco lo general, pero también lo particular, y sé que hay de todo).

El viaje de Ninh Binh a Halong City –cuatro horas apiñados en un minibús con locales aún más empaquetadosa que nosotros- no fue mucho más placentero que el de Hanoi a Ninh Binh, aunque evitamos la tediosa rutina de esperar a que se llene el autobús –público- antes de partir, lo que en Hanoi representó dos horas extras que no nos sentaron nada bien, máxime después de llegar a la estación ya quemados tras una movida con el taxista, que, como buen vietnamita de ciudad, también nos intentó timar.

En cuanto llegamos al puerto de Halong, la marabunta de turistas de paquete llegados en sus autobuses “de lujo”, mochileros imberbes regateando, y oportunistas agentes de viajes y operadores portuarios y vendedores de todo tipo nos minó la moral. Los típicos barcos de madera que despliegan sus velas (sólo por lucirlas, pues van todos a motor) en este área declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO pierden parte de su encanto nada más verlos, simplemente por el hecho de observarlos por cientos junto al muelle.

Sin embargo, una vez en el norte de Vietnam, la Bahía de Halong es, para mí, un destino de visita inexcusable. Una vez abstraído –en un ejercicio personal de relajación mental- del aspecto comercial de este tipo de turismo envasado, se puede disfrutar de unos paisajes sobrecogedores, inigualables, mientras se navega lentamente por la bahía entre las miles de pequeñas islas rocosas, algunas de ellas atravesadas por cuevas aquí y allá. Hacer kayak al atardecer puede ser una experiencia relajante para disfrutar del entorno de una manera diferente, y pasar la noche en uno de estos barcos seguramente sea más que tentador para un viaje de pastel en pareja. Para nosotros, simplemente indiferente. Eso sí, la Bahía de Halong, como conjunto, no puede dejar indiferente, tanto por su belleza natural, como por la reflexión a la que te induce sobre lo borregos que, con cualquier excusa, podemos llegar a ser en ocasiones, y sobre cómo siempre hay oportunistas para aprovecharse de ello de diversas maneras.

Así es que con estas cavilaciones, de vuelta a Hanoi ya teníamos claro que alquilaríamos unas motos para recorrer el norte de Vietnam. ¿Y por qué no comprarlas y cruzar también Laos con ellas? ¡Pues claro que sí! En cuatro días preparamos la ruta, probamos diferentes motos (que aprendimos a conducir sobre la marcha) y acabamos decantándonos por las más molonas de todas: unas Minks (bielorrusas, para más señas) de los 90 con las que mantendríamos una relación amor-odio durante las siguientes tres semanas.

Para despedirnos de Hanoi salimos una noche de fiesta, por primera vez desde Bangkok (ya hacía tres semanas de eso) y por última hasta Viantiane (tres semanas después). Increíble, pero cierto, amigos.

Tengo confianza que en todo lo que nos queda a partir de ahora –un poquito de Tailandia (desde donde escribí este post, en Kho Phangan), Filipinas (desde donde lo publico, en Manila), Chile, Argentina y Brasil-, encontraré el equilibrio que busco entre aventura, nuevas experiencias, descanso y fiesta, todo ello lleno de luz y nuevos colores, que son mis deseos para el nuevo año, tanto para mí como para mi familia y amigos.

¡Ya sabéis, luz y color para 2010!

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